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miércoles, 8 de abril de 2020

Aprender y enseñar teatro: Aprender y enseñar vida





Valeria Méndez Solano
(Antropóloga, estudiante de Teatro y Educación no formal)
El primer taller de teatro al que asistí fue cuando estaba en mi primer año de universidad, a mis 18 años y tenía que escoger el curso artístico de humanidades. Escogí taller de teatro y fue una de las mejores decisiones de mi vida. En mi cabeza iba a aprender sobre caracterización de personajes, y nunca me imaginé que fuera a terminar aprendiendo sobre mí misma.
Cuando apenas iniciaba estos rumbos, escuchaba a mi profesor que decía: “La vida es la materia prima del teatro” y yo decía “¡Claro! Necesitamos estar vivos en escena” pero realmente no lo había entendido completamente… me faltaba mucho por comprender.
Hacer teatro no es solo aprender a hablar en público o a “ser más extrovertida”, no es aprender a ser alguien más, es muchísimo más que eso, es aprender a ser una misma, y ¡qué gran labor es! El teatro es una herramienta política muy poderosa ya que nos da luces para conocernos a nosotras mismas: nuestros cuerpos, trincheras, emociones, formas de relacionarnos con las otras personas, miedos, fortalezas, límites y fronteras.
Antes de entrar a la carrera de Artes Dramáticas, estuve un año en un grupo de Prácticas Artísticas en donde aprendíamos sobre Teatro-Performance, ese espacio me permitió explorar y aprender más a fondo sobre lo sumamente político que es el teatro y trabajar con el cuerpo. Y cuando estaba en este grupo, me acerqué a mi primer profesor de teatro, que me ofreció asistirlo en el taller de teatro. Comencé entonces, a aprender a compartir lo que estaba aprendiendo.
Para mí, enseñar es compartir. Abrir mi cuerpo y mis experiencias para que otras personas aprendan conmigo. Hay una responsabilidad enorme cuando exploramos y aprendemos/enseñamos teatro, ya que trabajamos con material sumamente sensible: cuerpos, emociones, sentimientos, memorias, experiencias… o sea, trabajamos con la vida, la nuestra y de las demás.
Yo no tenía idea de la responsabilidad tan grande que tenía entre manos (a pesar que apenas era la asistente del curso). Este primer grupo con el que trabajé me atravesó profundamente sobre lo que yo pensaba que era el teatro, sumando además a mis propios procesos de aprendizaje como estudiante con el grupo de performance. Fue un año de amor puro, de profundidad y respeto hacia el poder del teatro.
Una podría pensar que mirar a los ojos a las otras personas es fácil, o abrazar a alguien que apenas estoy conociendo, o decir en voz alta algo que pienso, pero no, no es para nada fácil. Y es necesario entender esto: todos los procesos son diferentes, todas las personas somos diferentes y está bien. Entonces, la responsabilidad de enseñar está en acompañar respetuosamente los procesos de las demás.
El arte tiene la capacidad de hacernos navegar en nosotras mismas y sacar al mundo eso que llevamos dentro. Eso es un acto de valentía. Y sobre cuando somos nosotras mismas la materia prima con la que hacemos arte.
Hace poco comencé a enseñar teatro a niños y niñas (antes solo había trabajado con adultos jóvenes) y es muy diferente cómo una acompaña los procesos de aprendizaje y creación artística de personas que aprecian la vida desde lugares tan distintos al propio. Mientras enseñaba, aprendía más. Los niños me enseñaron sobre lo comprometido que debe ser el juego y sobre lo involucrada que tiene que estar la imaginación. Me enseñaron de nuevo sobre los límites, los permisos y los acuerdos del trabajo en grupo y cómo nunca está de más volver a plantearlos. La honestidad es fundamental en cualquier grupo con el que una trabaje.
Todos los grupos con los que una trabaja son diferentes. Las miradas de vida son distintas. Los cuerpos y capacidades son distintas. Las formas de entender los contenidos y de ponerlos en práctica son diferentes. Y hay que saber cómo sostener y dejar fluir los procesos.
Me siento sumamente agradecida con las personas que me han acompañado en mis procesos de aprendizaje del teatro y han respetado mis formas de vincularlo con la vida… y sobre todo, estoy aún más agradecida con aquellas otras que me han permitido acompañarlas y compartirles lo (mucho o poco) que sé.

miércoles, 7 de agosto de 2019

¿Por qué hago teatro?




Durante varios días he estado pensando en qué escribir para responder ¿Por qué hago teatro?
Me siento frente a la computadora (bueno, realmente me acuesto en el sillón y la pongo en mi regazo), pongo musiquita en Youtube, cierro los ojos y suspiro. Comienzo a hacer un recuento de los daños. ¿Qué tan atrás en mi vida tengo que ir para explicarles por qué estoy haciendo esto? Comienzo a escribir sobre cuando tenía 5 años y mi mamá me llevaba al teatro Giratablas a ver a Juan Cuentacuentos o a ver Crimen, Shampú y Tijeras al teatro El Ángel (cuando existía en Cuesta de Moras). Sigo, y explico que el teatro siempre me había gustado, que como público amo la magia y la capacidad de ser movida por lo que veo.
Luego me pregunto ¿Por eso hago teatro? Entonces borro y comienzo de cero con la siguiente historia:
En mi último año de colegio vi una obra del teatro La Polea llamada Flora y me conmovió enormemente, tuve después la oportunidad de hablar con Cesar Meléndez y le pregunté a él por qué hacía teatro y no otro arte (en ese momento yo hacía danza contemporánea en un programa libre en la UNA), entonces me respondió: “Porque en el escenario puedo bailar, jugar, cantar, llorar, reír… El teatro me permite hacer todas esas cosas”. Esa conversación me marcó profundamente, algo en mí se había movido, pero aún no lo sabía.
Veo lo que acabo de escribir, lo reviso. No sé en dónde voy a poner esa historia, pero la dejo ahí para después, puede que logre calzarla con otra cosa que escriba.
Mantengo una conversación conmigo misma:
- ¿Por qué hago teatro?
- Porque me apasiona, porque siempre que he estado mal el teatro me rescata.
- ¿Me rescata? ¿Cómo? ¡Puede que acá encuentre una razón!
El primer año de Universidad me cambió la vida, comencé a experimentar mucha libertad para hacer cosas, tenía muchas ganas de comerme al mundo y entre esas cosas, comencé a salir con una persona de la que me había enamorado profundamente, pero no le agradaba que yo hiciera, dijera, pensara muchas cosas. La inevitable ruptura me dejó en un coma emocional. Para el segundo semestre de la universidad decidí matricular taller de teatro y les juro que fue una bocanada de aire fresco. El arte ayuda a sanar. El teatro es una oportunidad para trabajar sobre una misma y crecer.
El curso terminó y yo seguí en Antropología. Hasta que en otra crisis (esta vez académica) recordé lo feliz que había sido en el teatro. Esto me llevó a buscar a mi profesor y comenzar a ser asistente de su taller. Ahí descubrí que yo también podía acompañar a otras personas a sanar, a crecer, a descubrir cosas de sí mismas que por otras razones “tenían bloqueadas”. Poco a poco, mis intereses antropológicos comenzaron a teñirse con arte, cuerpo, emociones, rituales y performance. Hasta que decidí en el 2017 entrar a la Escuela de Artes Dramáticas.
El teatro me llevó a reconocerme, a abrazarme, a crear vínculos y relaciones desde otros lugares, a expresar mejor mis ideas, a explorar y jugar de otras formas, a investigar creativamente, a compartir, a enfrentar nervios, miedos, inseguridades y a hacer las paces… Me dio luces. Me rescató del torbellino que había construido en Ciencias Sociales.
Leo de nuevo todo lo que escribí, no sé si borrarlo y empezar de nuevo. No sé si me estoy dando a entender. No sé si estoy logrando decir que el teatro para mí es como estar en casa. O, como cuando una se pone un zapato y le queda perfecto para caminar. El teatro me ha confrontado con la vida que quiero tener, con la persona que quiero ser. Me deja ser Yo, me siento feliz, me siento libre. Me siento.
Pienso en lo que el teatro hace en mí y en las personas que conozco. Una palabra viene a mi cabeza: Animar. Etimológicamente es una palabra que proviene del latín anima ‘aire, aliento’, ‘alma’. Significa infundir alma (lo esencial) y dar vida, dar movimiento.
Si hago un recuento, me doy cuenta que hago teatro porque me di la oportunidad de crecer en algo que disfruto, y que de diversas maneras me ha acompañado a lo largo de la vida. Porque decidí hacer algo que me ayuda a calzar conmigo misma y conectar con otras personas. Porque confronta, da la oportunidad de respirar y volver a la vida.
Valeria Méndez. Teatrera y Antropóloga.

El rumbo de producir (Raíz Laboratorio 4)

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