miércoles, 21 de octubre de 2020

La virtualidad: ¿La piedra en el zapato para el matrimonio teatro – educación?


 



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Inicio este blog afirmando algo que de niña jamás pensé que diría: amo ser facilitadora de procesos educativos, me encanta ser docente. Y es que viniendo de una familia de maestras y profesores, lo usual hubiese sido, que yo estudiara educación; pues resulta que no. Me descarrilé y tomé otro camino: el teatro.

De inmediato surgieron los cuestionamientos de familiares y gente conocida: ¿El teatro se estudia? ¡El teatro no es una carrera, es un hobbie! Colegas: Estoy segura de que ustedes han pasado por ese mismo escrutinio, al menos una vez en la vida. ¿Cierto?

Pues resulta que sí se estudia teatro, y aunque efectivamente para muchas personas puede ser un hobbie, para otras (como yo), además de ser su pasión, es la profesión que hemos orgullosamente escogido.

Lo que yo no me esperaba es que el teatro, una y otra vez, me cambiara la ruta. Por alguna razón, que aún estoy descubriendo, las agujas de mi brújula siempre terminan apuntando hacia el campo de la educación. Y bueno, para ser sincera, hace mucho rato ya, que dejé de resistirme y me entregué placenteramente al fuego que se produce cuando conjugamos teatro y educación.

Por supuesto que en el camino, como en toda relación amorosa, he tenido aciertos y desaciertos, me ha tocado negociar, escuchar, llorar, reír… Sin embargo, por primera vez, me enfrento, nos enfrentamos a un desafío que nos podría costar el matrimonio: la virtualidad.

Lo que sí sabemos al respecto, es que en definitiva nadie se esperaba esto. Lo que no sabemos es cuánto más vamos a aguantar.

Como docentes nos ha tocado reinventarnos, proponer alternativas para que el fuego no se apague, intentar ser una luz guía en el camino de quienes aún se preguntan si el haber escogido el teatro como carrera fue la mejor decisión y de si aún están a tiempo de encontrar una profesión más rentable.

Si ya de por sí es complejo lograr una conexión profunda, empática y asertiva con otras personas en la presencialidad, ya se imaginarán cuán difícil es hacerlo desde la virtualidad.

¿Han escuchado esa frase que dice: “las relaciones a larga distancia no funcionan”? Bueno, como docentes tenemos dos opciones: nos salimos de nuestra zona de confort y exploramos nuevas posibilidades que sostengan y cultiven la relación o abandonamos el barco.

El respeto por mi profesión y vocación, por mis estudiantes, por mis colegas y por mí misma, inclinan la balanza y me hacen confiar en que algo bueno puede surgir de todo esto. La virtualidad puede ser realmente “la piedra en el zapato”, pero también podría ser el hito que marca el antes y el después en nuestra labor como docentes de teatro.

Podría estar medio lleno, podría estar medio vacío; todo dependerá desde dónde observemos el vaso.



Por Johanna Madrigal Araya

Artista escénica, docente universitaria, gestora y productora teatral

miércoles, 14 de octubre de 2020

El teatro es Presencia

 


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Me hace falta el cine y el teatro. Si bien existen medios para ver cine en casa, para ver teatro en casa, nunca es lo mismo a poder asistir al lugar físico propiamente para disfrutar de cada arte. El cine a diferencia del teatro si está diseñado para verlo a través de una pantalla. No vemos el proceso de grabación, los errores de los actores, los efectos especiales no los podríamos ver tampoco. El teatro si se caracteriza por la presencia. Estar presentes en el momento, en el acto, en el sentimiento, en el gesto, en recibir aquello que quieren transmitir sea a través de miradas, de gestos, de pausas o silencios, pero NECESITAMOS estar presentes.

Hace poco vi esta nueva modalidad: ver a través de mi teléfono, la grabación de una actuación por zoom. Podía ver a las 4 actrices interpretando sus papeles. Peeero no hay escenografía, la música de fondo es limitada, cada una estaba en su casa o espacio designado para la actuación pero no se encontraban interactuando entre ellas físicamente. Si bien uno se interna dentro de la obra, hay un sin sabor de que ellas no están juntas, los contextos de fondo distraen, si fueran más de cuatro, mi teléfono no me permitiría verlas a todas dentro de la pantalla. Al menos zoom solo me deja tener 4 recuadros a la vez y una quinta aparte, cuestión que todavía podría empeorar la actuación porque no podría verlas a todas al mismo tiempo. El teatro te permite eso, te permite estar atento a las reacciones de los demás. Si en el cine no quieren mostrar a algún actor, pues no lo hacen, será decisión y diseño del director. Pero en el teatro lo vez y lo vives TODO.

Esta modalidad de teatro virtual no da ese espacio a los detalles, a la interacción, a la iluminación, al espacio, al tiempo, a compartir. Puede ser una herramienta para no dejar de lado el trabajo y esfuerzo enorme que hay detrás de cada actor y actriz, director y directora, guion, entre otros, es casi como que nos contaran un cuento a través de una pantalla, pero no es lo mismo. Es mantenerlo vivo, pero definitivamente requiere que estemos presentes.

Si en cambio consideramos la virtualidad como la integración de tecnología al teatro, se complementa de una manera interesante, siendo por ejemplo un nuevo método de convertir la escenografía de un elemento estático a un elemento vivo, que permite generar ilusión y realidad a la vez. Me refiero por ejemplo al uso de proyecciones durante una obra teatral. El espacio narrativo en este caso se vuelve dinámico. La virtualidad puede aportar a la obra teatral pero no puede sustituirla. Proyecciones en la calle, en edificios de la ciudad, donde se muestra la actuación en vivo, de igual manera no produce el mismo efecto si todavía hay una segunda pantalla de por medio (llámese televisor, computadora o celular). Pero si se tiene la oportunidad de ver una proyección en vivo, de actores y actrices interpretando en otro lugar físico pero en medio de la ciudad, en medio de un público enorme, constante y en movimiento, en ese instante, se genera ese efecto sensorial para el cual el teatro fue creado.

Si el público no forma parte activa de la escena teatral, en mi opinión, no estamos en presencia del teatro en su esencia más intrínseca.

¿Si el teatro es presencia, cómo puede ser virtualidad a la vez?

Marianela Pacheco Barrantes

Arquitecta y Propietaria de Ceres Catering Service

miércoles, 7 de octubre de 2020

Pandemia mundial : pandemia personal : pandemia artística

 


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Luego de casi seis meses de que se nos pida quedarnos en casa para mantener a salvo nuestra salud y la de los demás, las personas pasamos por un sinfín de sentimientos. Algunos y algunas, quizás con menos intensidad que otras, pero siempre transitamos por diferentes emociones.

Hay una emoción que en general ha logrado unirnos - a pesar de la distancia -: la del “encierro”. Muchas personas lo han vivido desde sus casas, y muchas otras desde la lejanía de su hogar. Sea como sea, el encierro ha existido. El encierro físico, y el encierro mental. Este encierro mental, se convierte en un arma psicológica peligrosa, y a la vez, se puede convertir en nuestro refugio creativo - artístico, más inmediato.

El arte, desde tiempos primitivos, ha servido para expresarnos y comunicar. Este momento histórico no es la excepción. Estamos dentro de un período histórico impresionante con miles y miles de consecuencias, económicas, sociales, demográficas, personales, y artísticas, sin duda.

Cada persona está pasando su propia pandemia. Una pandemia de sentimientos, emociones y sensaciones. Y esta pandemia, esta crisis, le va a hacer pasar momentos de mucha cordura, y otros momentos de harta locura. Esta pandemia global, nos hace pensarnos cómo habitantes del aquí y ahora, y repensarnos. Es una obra teatral constante. Ese repensarnos crea reflexión y esa reflexión puede llevarnos a expresarse, expresarnos… y algunos lo harán a través de algún trabajo artístico. Enhorabuena.

Yo, por mi parte, he vivido la pandemia desde el Caribe Sur, sí, Puerto Viejo de Talamanca. En menos de 9 meses me he cambiado 3 veces de casa, y he estado viviendo en una comuna local, en frente del mar, y en medio de la selva tropical. He tenido siempre apoyo, he tenido siempre comida, y he estado acompañada de una grandiosa burbuja social. Y a pesar de todo ello, he estado ^encerrada^, he estado asustada, enojada, triste… feliz, motivada y creativa. Sea donde sea que estemos, estamos pasando una encerrona mundial-personal. Es una dicotomía entre que todos y todas estamos pasando por lo mismo, pero yo lo estoy pasando así - así - y así. Y todo es válido.

Cuando valido todas estas emociones, me permito el momento de escucharme y crear. Incertidumbre, caos y nada. Eso lo único que puede generar es que intentar cualquier cosa puede salir de cualquier manera, y por solo intentarlo, está bien. Eso es para mí, lo que esta crisis nos puede generar de tanta reflexión interna: lo único que pierdo de no intentarlo, es la oportunidad. Realmente intentarlo está bien porque estamos en el momento perfecto, ya no sé si mañana vaya a tener el chance, y si lo tengo, lo sigo trabajando, y de pronto, tengo una esperanza de seguir… “para mañana ya tengo chance de…” Y dibujo de a pocos mi mañana, y de a pocos, voy saliendo.

Este momento de pandemia personal, es el momento de “encerrona” por el que transitamos todos los y todas las artistas, a la hora de crear. Siempre estamos en pandemia emocional, siempre estamos en encerrona personal, cuando nos proponemos a crear, y a veces ni nos damos cuenta de lo que estamos pasando, pero lo utilizamos, todo funciona. Tenemos que pasar por esos momentos oscuros para encontrar la luz.

Y eso es lo que podemos entender como humanidad ahorita, estamos pasando un momento para llegar a una claridad juntos y juntas, a una luz personal a la vez. Y esto va a ser de cada uno, de cada una, porque lo de afuera, no se sabe cuánto vaya a durar, pero lo que estamos sintiendo ya mismo, es lo que podemos trabajar, y quién sabe, inclusive toda esta vorágine de sentimientos, los podamos convertir en un “algo” artístico. Ahora es el momento para probar, aventurarse, adentrarse más… y quizás por ahí, logramos salir, sin pausa pero sin prisa…



YENIFER SANDOVAL JIMÉNEZ

@YESAJI arte y movimiento

Artista escénica y gestora cultural

sábado, 3 de octubre de 2020

EL SOL DE ASÍS

 



EL SOL DE ASÍS



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Francisco de Asís: «hombre vil y caduco, pequeñuelo siervo» (así firma una de sus cartas), y, sin embargo, un gigante del Medioevo. Una de las estrellas más brillantes del cristianismo. Su luz iluminó todo el siglo XIII, y su resplandor nos llega hasta hoy. ¿Por qué? ¿cómo? La respuesta nos la da él mismo: ¡el ser humano alcanza la gloria y la grandeza cuando se hace humilde y pequeño!. Esta es mi homilía para este 4 de octubre 2020: Solemnidad de san Francisco de Asís.

EL SOL DE ASÍS


Un antiguo testimonio escrito cuenta que una vez fray Maseo, uno de los primeros hermanos que se unió a san Francisco, viendo la fascinación que el santo provocaba, le preguntó: «¿por qué todo el mundo va detrás de ti y todos pugnan por verte? Tú no eres hermoso de cuerpo, no sobresales por la ciencia, y entonces, ¿por qué todo el mundo va en pos de ti?».


También hoy, hermano Francisco, te hacemos la misma pregunta que te hizo Maseo: ¿porqué no pasas de moda? ¿por qué tu voz sigue siendo un desafío? ¿por qué seguimos hablando de vos? ¿por qué un pontífice actual recurre con insistencia a tu nombre y a tu herencia espiritual? ¿por qué ocho siglos después de que pasaras por estos caminos queremos seguir teniendo un corazón franciscano, un corazón como el tuyo? ¿Por qué, fray Francisco, por qué?


Escuchemos la respuesta que el
Pobrecillo dio a fray Maseo (seguramente sería la misma que nos daría a nosotros hoy): «San Francisco […] se dirigió al hermano Maseo y le dijo: “¿Quieres saber por qué a mí viene todo el mundo? Esto me viene de los ojos del Dios altísimo, que miran en todas partes a buenos y malos, y esos ojos santísimos no han visto, entre los pecadores, ninguno más vil ni más inútil, ni más grande pecador que yo. Y como no ha hallado sobre la tierra otra criatura más vil para realizar la obra maravillosa que se había propuesto, me ha escogido a mí para confundir la nobleza, la grandeza, y la fortaleza, y la belleza, y la sabiduría del mundo, a fin de que quede patente que de Él proviene toda virtud y todo bien”».


Ahí está el misterioso secreto que responde a nuestra pregunta: es esa percepción absolutamente realista de sí mismo que tenía Francisco lo que nos golpea y atrae hoy, sencillamente porque carecemos de ello. En su respuesta al hermano Maseo, Francisco corta de tajo cualquier posibilidad de vanagloria, de reivindicación personal, de triunfalismo y auto-ponderación. Todo lo bueno y lo grande y lo bello lo restituye a Dios, Bien total. Eso, hermanos y hermanas, eso es lo que nos falta. Nos falta bajarnos de la nube de grandiosidad en la que andamos, y que nos hace entender y vivir la vida de un modo equivocado: desde la superficialidad, el éxito, el dominio, la buena apariencia, el confort y el lujo.


Hace 800 años las gentes de Asís seguían con ilusión a un hombre que, juzgado por su apariencia, parecía más un
loco indigente que una persona sensata. Pero, por alguna razón, intuían que él era un hombre de Dios, uno que sabía dónde se esconde lo esencial de la vida y que, por lo mismo, realizaba en su persona una perfecta síntesis del mensaje cristiano; intuían en ese fraile descalzo una chispa distinta, una alegría honda, una visión completamente nueva –inocente, podríamos decir– de la existencia, del universo, del hombre, de Dios, de todo. Era uno que, sin hacer mucho escándalo, sin ciencia y sin necesidad de discursos panfletarios –solo con su testimonio evangélico, sus ojos libres de prejuicios y su pureza de corazón¬–, puso en crisis la sociedad y la Iglesia y todo…


Hoy al
Pobrecillo lo admira no solo Asís, sino el mundo entero. ¡Él nos pone en crisis a todos!: a nosotros, que nos da horror reconocernos pequeños, prescindibles, débiles; que andamos un poco perdidos sin haber encontrado aún lo esencial de la existencia; que no seguiríamos nunca a uno que se autodefiniera “ignorans et simplex” (ignorante y simple), como se definía Francisco. Hoy somos fans de otro tipo de estrellas, de las cuales lo único que admiramos es que tienen dinero, mucho dinero, y eso las hace grandes –dioses casi– ante nuestros ojos. Abundan esas (súper)estrellas en el fútbol, en el espectáculo, en la política…, pero todas, absolutamente todas, condenadas a ser fugaces: mañana no tendrán más luz. Eran humo.


En cambio, el humilde
fraile de Asís, nuestro Francisco, el hermano de todos, el pobre, el feo, el pequeño, el libre, el loco que abrazaba-bañaba-besaba leprosos; y, sin embargo, memoria subversiva, la suya, que no se apaga nunca: es una estrella que no ha dejado de brillar, su luz seguirá traspasando fronteras, religiones y siglos, porque supo configurarse todo entero con «el Amor que mueve al sol y a las demás estrellas». Y el Amor –siempre y en cada caso– vuelve inmortal y universal todo lo que toca.



Marcos Quesada.

Fraile Menor Conventual


miércoles, 30 de septiembre de 2020

No, no es lo mismo.

 



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Antes de que empezara la cuarentena como resultado de la pandemia, solía ir al teatro los fines de semana. Para mí era esa oportunidad para disfrutar de una buena obra, aprender de diversos temas, despejar mi mente de la cotidianidad propia de la semana, compartir con amigos y amigas, y relajarme.



Esa realidad cambió. Durante los primeros meses del proceso de cuarentena, la actividad teatral de mi país – Costa Rica - se detuvo totalmente. Y si bien posteriormente se flexibilizaron algunas medidas, seguía siendo complicado que las compañías de teatro pudiesen dar sus espectáculos al público desde las salas de teatro o espacios físicos.



Los horarios permitidos no eran convenientes, los costos de realizar la obra podían ser mayores a los ganancias (dadas las nuevas reglas de juego), la restricción vehicular complicaba la circulación de las personas, y pues no se puede negar que muchas personas preferían no salir de casa para cuidar su salud y la de sus seres queridos (me incluyo).



Ante la situación anterior, ¿qué podían hacer nuestros artistas de teatro? Pues bien las opciones no eran muchas. Sin embargo, de forma maravillosa muchas compañías y grupos de teatro empezaron a reinventarse. Fue así como empezaron a utilizar medios virtuales para la transmisión de sus obras de teatro, como por ejemplo, transmisiones en vivo mediante Facebook Live.



Suena extraño: transmisión de obras de teatro. O al menos es extraño para mí que las disfrutaba de forma presencial en las salas de teatro. Y es que para mí, si bien ha sido increíble ver los resultados de las transmisiones en vivo y ser testigo del gran esfuerzo que están haciendo los artistas, no es lo mismo el teatro por redes sociales al teatro presencial en un espacio físico.



En lo personal, extraño el contacto con los artistas, verles en vivo a unos cuantos metros de mi silla, la conexión que se da entre los artistas y asistentes. Extraño también las escenografías que recrean los espacios donde ocurren los actos, la iluminación, la musicalización, en fin toda la ambientación. Y también extraño ese espacio de mi semana donde el teatro era esa oportunidad para compartir con otras personas, aprender de temas diversos, reflexionar, reírme y cambiar la rutina.


No, no es lo mismo. El teatro virtual y el teatro en espacios físicos son diferentes, y espero que en un día no muy lejano podamos regresar a las salas de teatro, apoyar a nuestros artistas y continuar aplaudiéndoles desde nuestras butacas.



Silvia Leal Acuña

Adm. de Empresas

Estudiante de Fotografía


miércoles, 23 de septiembre de 2020

La educación a través de la pantalla






 

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11:00 p.m y aquí estoy, frente a la compu. No, no estoy viendo una serie, jugando o vagueando. Estoy trabajando.

Sí, siempre me ha costado concentrarme durante el día y ahora en modo pandemia mucho más… Y sí, es que nadie lo esperaba, nadie.

Soy una enamorada/obsesionada de mi trabajo, casi que no estoy muy segura de como pasé de ser una joven deseosa de pisar todos los escenarios de este país a ser docente. Educadora especial, menos. Siempre he pensado que yo escogí al teatro, desde pequeña lo decidí y lo inyecté en mis venas con pasión y empeño, pero en definitiva la educación especial me escogió a mí.

Desde el primer día que tuve contacto con la posibilidad de enseñar a una persona a movilizarse mejor, a leer, a comunicarse, a creer en sus habilidades y a derrotar barreras… Desde ese momento supe que mis días debían estar llenos de recreos escandalosos, del olor al marcador de pizarra, de adolescentes incomprendidos, de colegas grandiosos. Estoy apenas iniciando, pero ha sido un camino maravilloso.

Iniciando mi cuarto año como docente del Ministerio de Educación Pública (MEP) apareció la COVID-19 y cambió todos nuestros planes, desde ese día, nadie iba a poder hacer lo que planeaba, al menos no aún… Creo que la mayoría esperaba que esto se acabara pronto, que en 15 días estaríamos en las aulas lidiando con la normalidad del cansancio docente. No pasó.

Muchos han dicho que los docentes somos unos vagos, que estamos de vacaciones y claro que hay docentes que se han ganado esa etiqueta. Pero me consta que muchos, muchas, pasamos horas dándole cabeza a cómo explicar un contenido por cámara o videos, cómo hacerle llegar alimentos extras a nuestros estudiantes, cómo conseguirles materiales o ayudarles con internet. Es cansado y frustrante, es peor que el cansancio que manejábamos antes, es el doble del cansancio, pero sin la recompensa.

Sí, dedicarse a la educación tiene una cuota de egocentrismo, uno como profe quiere estar seguro de que su estudiante aprende, de ver esa manita sosteniendo mejor el lápiz, de ver esas caritas leyendo o pronunciando mejor una palabra… Sin presencialidad, esa recompensa es mínima, es dolorosa y lejana.

No todo ha sido malo, esta situación nos obligó a actualizarnos en cosas que no sabíamos que necesitábamos, ahora puedo editar videos y generar imágenes interactivas. He aplicado una metodología que les permite a mis estudiantes dirigir su propio aprendizaje y me he sorprendido de lo mucho que se puede hacer con tecnología. Y quienes no tienen internet a mano… ahí vuelve la frustración.

Nunca pensamos que nos iba a tocar estar en estas… al menos yo no, por algo escogí dedicarme a cosas que no implicaran estar todo el día en una computadora. Por algo amo mi trabajo como docente itinerante y viajar por todo Cartago apoyando a estudiantes sordos de diferentes edades, teniendo días muy cambiantes siempre. Por eso también amo hacer teatro y sorprenderme siempre de mis ideas y de las de mis colegas artistas, crear y cambiar siempre, cambiarme.

Ahora nuestra realidad docente y teatral se reduce a una pantalla que nos permite estar conectados y presentes de alguna forma, aunque sea y ¡Por dicha!, peor sería la completa ausencia de conexión.

Al menos recibo mensajes de agradecimiento por explicarles algo que no comprendían, recibo videos llenos de felicidad de mis niños disfrutando las ideas de la “divertida” profe Cristina. Por lo menos puedo hablar con mis estudiantes y escuchar su frustración por el exceso de trabajo o su falta de organización. Al menos estoy ahí, de lejitos, pero me sienten y yo a ellos. No podría sobrevivir esta pandemia si no tuviera un propósito para mantenerme activa y creativa.

A mis colegas docentes de diferentes áreas, los entiendo, los admiro y los abrazo a la distancia. No es fácil. A quienes hacen milagros por mantener sus familias unidas mientras su casa es su trabajo, gracias por todo lo que hacen. A todos los docentes que han llorado de impotencia, de cansancio por no saber como manejar la ansiedad y el estrés, los que deben ser profesores de sus estudiantes y de sus hijos ¡Gracias!, ¡Gracias!

Sigan creyendo que esto va a mejorar, sigan creyendo que sus esfuerzos valen la pena, volveremos con más fuerza, con más habilidades y con más ganas.



La educación es un acto de amor.

Paulo Freire



Licda. Cristina Barboza Jiménez

Educadora especial, teatrera

miércoles, 16 de septiembre de 2020

No me gusta el teatro virtual

 




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A mí el teatro me gusta porque me impacta, y me impacta precisamente por su calidad de inmediatez, de contacto, de cercanía física, mental, espiritual. Teatro, en mi caso, no son solo los actores y quien los dirige; teatro es también el lugar, el momento, el clima: dónde te sientas, cómo está el ambiente, qué reacciones produce la escena en el auditorio, qué olores hay (sí, he visto escenas en donde se cocina de verdad, ¡y huele a comida que se está cocinando!, o el actor/actriz que pasa cerca tuyo y sentís su respiración agitada, su calor corporal, el timbre de su voz); es decir, teatro es todo ese conjunto de cosas que rodean la escena que estás viendo, y que ayudan a que entrés en ella, que te metás vos también en la piel del intérprete; que te creas parte viva de lo que estás viendo, oyendo, oliendo, sintiendo. Por eso, me gusta-alimenta-educa mucho el teatro y, en cambio, me duermo en el cine.

En este sentido, la virtualidad, aunque se ha revelado como un espacio (el único, a decir verdad) generoso y oportuno, para mantener vivo el teatro en medio de esta situación sanitaria global, le roba mucho de su riqueza a la experiencia teatral. Algunos dirán que el streaming representa, también, un campo rico en el que el teatro puede explorar y explotar otras facetas interesantes, otro tipo de auditorios, otros formatos…; completamente de acuerdo, pero a mí no me gusta. No me gusta el teatro virtual, me queda debiendo, no puedo dejar de sentir que lo rebaja, que le amputa algo de su esencia, que lo convierte simplemente en una opción entre tantas dentro del mundo del espectáculo.

Sé que en la antigüedad clásica el teatro era la única “experiencia virtual”, en cuanto lugar de representación que conjuga lo real con lo soñado, lo humano con lo divino o demoníaco, es decir, como representación fundamentada sobre la narrativa, lo visual, lo actuado, y todas las piezas que constituyen el juego teatral en vivo entre el actor y su espectador, en una suerte de intercambio cruzado entre lo real y lo representado. Esa virtualidad milenaria en donde los únicos apoyos del actor eran su cuerpo, su voz, su alma, su creatividad: esa “virtualidad originaria”, propia del teatro, me fascina. Pero esta otra, que se convierte en vicio, mediada por los sistemas informáticos, en donde pareciera que los dispositivos tecnológicos se convierten en una extensión del actor mismo, me cansa, me hace sentir solo, me defrauda un poco (cosa distinta es cuando el director introduce en la escena medios audiovisuales: un video, una escenografía en 3d…).

Con todo, celebro con alegría que los colectivos como Raíz Teatro, a partir de su feliz irrupción en las fronteras digitales, estén aprovechando estos tiempos de pandemia y confusión para reinventarse, para adaptar la fuerza de la representación teatral a las nuevas exigencias del mundo actual, para hacer que sus propuestas tengan un mayor alcance, para pensar y ofrecer un teatro tecno-creativo, etc. No dudo que la combinación entre ciberespacio y cultura artística pueda resultar –de hecho, está resultando– fecunda y fructífera. Pero repito, a mí no me satisface tanto.

De una manera o de otra, no dudo, el teatro no dejará nunca de ser un vehículo para la interpretación del mundo. Eso es lo que al final importa.


Marcos Quesada.

Fraile Menor Conventual

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